Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Carolyn Davidson
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Más fuerte que nunca, n.º 308 - febrero 2015
Título original: Texas Gold
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Este título fue publicado originalmente en español en 2004
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6051-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Benning, Texas.1898
Maxwell McDowell. Como si el nombre escrito en aquel pedazo de papel quemara, Faith lo dejó caer al suelo, cerró los ojos y con un nudo en la garganta contempló el desastre anunciado de la vida que había conseguido sacar adelante durante los tres últimos años.
—Yo diría sin temor a equivocarme que conoce ese nombre.
Alzó la mirada y guardó silencio. El hombre la miraba fijamente, con los labios apretados, y por un momento sintió la tentación de usar su pecho para refugiarse en él.
Faith negó con la cabeza tanto en respuesta a la pregunta del sheriff como ante la idea que acababa de ocurrírsele.
—¿A quién ha dicho que buscaba? —preguntó con voz algo temblorosa.
Brace Caulfield tocó su brazo, un gesto lleno de respeto.
—¿Puedo hacer algo por usted, señorita Faith? No pienso permitir que alguien se presente de buenas a primeras aquí y le haga pasar un mal rato —luego, con un suspiro, se dispuso a contestar a su pregunta—: Ha dicho que venía buscando a una mujer llamada Faith McDowell. Creo que es su esposa. Le dije que no había nadie con ese nombre por aquí, pero que si me lo escribía junto con el suyo, intentaría encontrarle información al respecto.
Se agachó y recogió el papel arrugado que ella había tirado y lo estiró hasta que la escritura firme de su marido, con su nombre escrito debajo, apareció claramente.
—Conoce a este tipo, ¿verdad?
Faith se encogió de hombros.
—Es posible, pero digamos que no quiero verlo, sheriff. Si usted está en la obligación de darle noticias de mi paradero, no me quedará otro remedio, pero no me gustará lo más mínimo.
Las ideas se le agolpaban en la cabeza sólo para ser descartadas al instante. Lo primero que se le ocurrió fue huir; luego esconderse, ocultar su verdadera identidad y encontrar un lugar en el que refugiarse hasta que el peligro hubiera pasado. Pero todo ello dependía de disponer de una cierta seguridad económica, una seguridad que ella no tenía. Vivía en una casa prestada, ganándose la vida como podía, y pasarse los días temiendo que aquel preciso momento llegara no le había proporcionado seguridad alguna.
Pero no podía, honradamente, mentirle a un hombre que le había dado suficientes pruebas de amistad a lo largo de aquellos últimos tres años.
—Dejé a mi marido en el Este hace ya mucho tiempo por razones personales, y…
Brace levantó una mano.
—No le estoy pidiendo explicaciones, señorita Faith —le dijo. Era obvio que se sentía desilusionado, porque a pesar de ser un hombre considerado y sutil, el sheriff Caulfield siempre había mostrado por ella un interés más allá de la amistad. Es más, el instinto femenino le decía a Faith que había estado haciendo acopio de valor para cortejarla, y saber que estaba casada era un chasco.
—¿Le tiene miedo, señorita? —preguntó. Su interés por su seguridad no era nuevo.
—¿Que si creo que puede hacerme daño? No. Max no es un hombre violento, al menos con las mujeres y los niños. No me gustaría oponerme a él en los negocios, pero como mujer estoy segura con él.
—¿Y como su esposa? —preguntó sin rodeos—. Si le ha costado mucho localizarla, puede que no se muestre demasiado paciente ahora.
Faith volvió a encogerse de hombros.
—Se siente herido en su orgullo, eso es todo. Dudo que le preocupe demasiado conseguir que vuelva a casa con él. Lo más probable es que quiera que le firme el divorcio para poder deshacerse de mí.
Brace se cruzó de brazos.
—En fin… ¿qué quiere que le diga? ¿Quiere que le dé su dirección o prefiere ir usted al centro y reunirse con él en mi despacho?
—Envíelo aquí —le dijo, y el peso de lo que iba a ocurrir resultaba evidente en su modo de hundir los hombros—. Ya me las arreglaré, sheriff.
—Sabia decisión.
El tono oscuro y profundo de aquella voz le era familiar, y no necesitó volverse para saber quién había hablado. Aun así lo hizo, decidida a enfrentarse a él.
Llevaba a un caballo por las riendas cuando apareció por la esquina de la casa y se detuvo, mirando fijamente al sheriff.
—Lo he seguido —dijo, echándose hacia atrás el sombrero.
—No me parecía usted de esa clase de hombres —respondió el sheriff, apoyando la mano en la culata de su revólver.
—Simplemente me dio la impresión esta mañana de que sabía más de lo que quería decirme. No he creído hacer ningún mal siguiéndolo.
Brace murmuró algo entre dientes y se puso colorado al descubrir que no había sido capaz de mantener en secreto el paradero de Faith.
—No tiene importancia —dijo Faith al ver que el sheriff se interponía entre los dos con intención de protegerla—. Hablaré con Max. Le agradezco su preocupación, pero no es necesaria.
Max asintió.
—Creo que mi esposa me conoce lo suficientemente bien para saber que no debe temer por su seguridad.
—¿Está segura? —insistió el sheriff, tomando las riendas de su caballo—. ¿Quiere que hable con Garvey?
—No es necesario involucrar a nadie más —contestó Faith.
Brace Caulfield montó su caballo y lo hizo girar.
—No pienso tolerar ninguna tontería, McDowell. La señorita Faith está bajo mi protección mientras viva en este condado.
La mirada que Max le dirigió hablaba de lo poco que le gustaban las interferencias.
—Creo que mi esposa ya le ha dicho que no soy un hombre violento, sheriff. ¿Es que no le basta con eso?
—Max…
Oír cómo lo llamaba por su nombre bastó a modo de advertencia.
—No se preocupe por la dama —dijo Max, con la voz cargada de desprecio—. Nunca le he hecho daño, y no voy a empezar ahora.
Con un movimiento preciso que sorprendió a Faith, Max soltó la cincha de su montura. Su marido nunca había sido un jinete experimentado, a pesar de que siempre tenía un caballo en el establo, que utilizaba para hacer ejercicio y liberarse de las tensiones del trabajo de vez en cuando.
Brace asintió de mala gana, miró por última vez a Faith y, cuando ella asintió para tranquilizarlo, puso el caballo al trote y tomó la dirección de la ciudad.
El hombre con quien se había casado hacía ya más de seis años había cambiado. Max McDowell empezaba a mostrar la edad que tenía. El blanco le teñía ya las sienes, lo que añadía un poco de dignidad a su descarada apariencia, y su aspecto general era bueno. Siempre lo había sido.
Él nunca tendría el estómago de los hombres que comían bien y no hacían ejercicio. Su cuerpo siempre había sido el de un hombre que trabajaba duro y había desarrollado una musculatura que muchos envidiarían. Tenía el pelo oscuro y lo llevaba corto. Su rostro, de facciones armoniosas que le hacían ser codiciado por las mujeres allá donde fuera, no había cambiado.
Severas sería el mejor adjetivo para su firme mandíbula, su nariz recta y sus ojos oscuros y algo hundidos, cuya mirada podía atravesar a quien tuviera delante como un rayo.
Y en aquel momento tembló al ver cómo la miraba. A lo mejor se había equivocado al despedir a Brace.
—¿Vamos a quedarnos aquí fuera toda la mañana? —preguntó Max—. Si te parece, dejaré mi caballo en el pasto o en el granero, donde quieras.
—Yo me ocuparé —dijo, aprovechando la oportunidad para separarse del hombre que la había seguido por medio país—. Siéntate mientras lo suelto atrás.
—Te ayudo —contestó, echando a andar a su lado. No le quedó ni un momento de soledad para hacer acopio de fuerzas antes de la confrontación que sabía que iba a llegar. Él rozó su mano, y ella se separó inmediatamente.
Max se rió y ella lo miró con desconfianza.
—¿Qué es tan divertido?
—Tú. Que intentes evitar un simple roce de mi mano, cuando los dos sabemos que hace tiempo no tenías tantos remilgos.
Faith sintió que enrojecía.
—Un comentario desafortunado, Max, aunque dice mucho de la opinión que tienes de mí. No sabía que mereciera tan poca consideración a tus ojos…
—No tienes ni idea de lo que pienso de ti —espetó—. No me diste la oportunidad de contestar a ninguna de tus acusaciones, ni a ofrecerte un compromiso que pudiera haber salvado algo del desastre de nuestro matrimonio.
—No merecía la pena —contestó ella, al tiempo que abría la puerta del corral. Fue a quitar la silla del lomo del animal, pero Max se la quitó de las manos y la colocó sobre el cercado
—¿No merecía la pena? —repitió él, cerrando la puerta del prado.
Había tres caballos allí, dos de ellos caballos de labor. El tercero era una yegua que al verlos llegar relinchó a modo de saludo y se acercó con alegría.
—Maldita sea… —murmuró entre dientes—. ¿De dónde has sacado esta yegua? —preguntó, con la atención puesta en la criatura dorada que se les acercaba. Su melena de color crema volaba como una bandera al viento, la cola enhiesta, era un caballo digno de admiración.
—La he comprado.
—Está preñada. ¿Cuándo tiene que parir?
—En cualquier momento.
Y si se estaba imaginando que iba a poder asistir al parto, iba listo.
—¿Tienes comprador apalabrado? —preguntó, acariciándole el cuello al animal, y la yegua meneó la cabeza, como si estuviese acostumbrada a recibir atenciones de las visitas.
—El potro es de mi vecino, Nicholas Garvey. Es hijo de su semental. Volverá a montarla dentro de unos veinte días, y el siguiente que para será mío.
Max la miró sorprendido.
—¿Y no piensas cobrarle? ¿Se lo vas a dar sin más?
—El trato lo he cerrado yo —respondió—. Esta casa es suya y y vivo aquí sin pagar alquiler. Además, suele echarme una mano. Digamos que… cuida de mí.
Max apretó los dientes y su mirada de volvió dura.
—Así que cuida de ti, ¿eh? Y te deja su casa gratis, ¿no? ¿Dónde pasa tu vecino la noche?
—El interés que mi vecino pueda sentir por mí no es asunto tuyo —contestó, ofendida.
—Yo diría que sí. Eres mi mujer. En el bolsillo llevo un acta que lo demuestra. Y un hombre que cuida de ti no…
La frase quedó cortada por una bofetada que sonó como un disparo.
—No te atrevas a insultarme de esa manera. Ni a mí, ni a Nicholas. Es mi vecino, no mi amante. Su esposa no lo permitiría, aparte de que mi propio sentido de la decencia…
Max cortó su frase tapándole la boca con una mano y rodeándole la cintura con el otro brazo.
—Perdona —dijo, inclinando levemente la cabeza—. No tenía derecho a decir algo así.
Faith se revolvió. No quería sentir el calor de su cuerpo. No quería sentir… la inconfundible forma de su erección.
—Lo siento —se disculpó Max—. Hace mucho tiempo que no tenía a una mujer tan cerca. No pretendía ser tan descarado —sonrió—. Pero tú siempre has tenido este efecto en mí, ¿verdad, Faith? El más mínimo contacto, una sonrisa tan siquiera, y estoy comiendo de tu palma.
—En el dormitorio, puede que sí —contestó, empujando contra su pecho, y él la soltó—. Nunca me quejé en ese sentido, al menos hasta los últimos meses que estuvimos juntos.
—Y ese cambio lo pediste tú —le recordó, guardándose las manos en los bolsillos como si fuese el único modo de tenerlas controladas.
Ella lo miró enfadada.
—No quiero hablar sobre lo que pasó en mi dormitorio. Haz el favor de decir lo que hayas venido a decir y márchate. Mejor aún —añadió un segundo después—: no me digas nada. Súbete a tu caballo y márchate, Max.
—No es tan fácil. Hay cosas que arreglar, documentos que firmar… —respiró hondo—. ¿Podemos pasar el día juntos, Faith?
—¿Para que te firme el divorcio?
—¿Divorcio? —repitió él—. ¿Qué te hace pensar que he venido para divorciarme de ti?
—Que sería la razón más lógica para explicar tu presencia aquí —respondió, irguiéndose. No quería que se diera cuenta del efecto que causaba en ella: del temblor de sus manos, de la velocidad con que le latía el corazón, y lo peor de todo, del deseo de que la besara.
—Esa no es la razón. Nada más lejos de la realidad —contestó, poniendo énfasis en cada palabra.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Más fuerte que nunca», автора Carolyn Davidson. Данная книга относится к жанрам: «Эротические романы», «Исторические любовные романы».. Книга «Más fuerte que nunca» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
О проекте
О подписке
Другие проекты
