Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Caitlin Crews
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Deuda de deseo, n.º 2834 - febrero 2021
Título original: The Italian’s Pregnant Cinderella
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-209-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
MÓNACO otra vez.
A decir verdad, era lo apropiado.
Julienne Boucher llevaba diez años trabajando con pasión ciega y determinación absoluta para que llegara ese momento, y era hasta cierto punto lógico que, cuando por fin había cruzado la meta, la hubiera cruzado allí: en el Gran Hotel de Montecarlo, el primer lugar adonde fue diez años antes. Con intención de vender su cuerpo.
Los peligrosamente altos tacones de Julienne resonaron en los suelos de mármol del Gran Hotel cuando avanzó entre los arreglos florales que, una década antes, por su falta de mundo, le habían parecido exóticas y coloridas selvas. El vestíbulo era tan opulento como entonces, pero con la diferencia de que entonces le aterrorizaba la idea de que alguien la viera, de que supiera lo que iba a hacer, de que notara su miedo y su vergüenza.
Y, sobre todo, de que notara que estaba decidida a seguir adelante de todas formas, porque no tenía otra opción.
Aquella vez, se preguntó si los horribles hombres del pueblo del que se había escapado ese mismo día habrían tenido razón desde el principio. ¿Sería posible que las Boucher solo sirvieran para ser prostitutas? Y, de ser eso cierto, ¿la gente lo notaría al mirarla? ¿O sería más bien como un mal olor, completamente fuera de lugar en un sitio que olía a riqueza y refinamiento?
Pero ahora, Julienne era muy consciente de que, si alguien se molestaba en mirarla, solo vería a la mujer elegante y dueña de sí misma que tanto se había esforzado en ser. Día a día, año tras año. Una mujer que no era solo refinada, sino que también daba la impresión de haber nacido para estar en hoteles como aquel.
Y no había duda de que daba esa impresión. Se había asegurado de darla.
Julienne casi pudo ver el fantasma de la chica que había sido, reflejando su miedo y su inmensa desolación en las suntuosas y brillantes superficies, en las fragantes orquídeas y en las vertiginosas lámparas de araña.
Sin embargo, ahora era rica. En lugar de encontrarse al borde de la destrucción, en lugar de estar sin casa y de no tener ni un céntimo, estaba bien alimentada y bien vestida; pero, sobre todo, ya no era una adolescente desesperada. Ya no era una chica de dieciséis años decidida a hacer lo que fuera con tal de salvar a su hermana pequeña, aunque eso implicara dedicarse a la prostitución.
Al acordarse de Fleurette, se detuvo. Estaba justo enfrente del famoso y lujoso bar donde se reunían las personas más ricas del mundo; algo que ya había adivinado entonces, y que ahora sabía de sobra.
Fleurette no creía en fantasmas. También había madurado durante esos diez años, y ya no era una niña esquelética, enfermiza y asustada, sino una jovencita con mucho carácter. No había nada en ella que no lo indicara, desde los tatuajes de sus brazos hasta su pelo siempre corto, pasando por sus piercings. Todos sus actos y palabras dejaban bien claro que no volvería a estar desesperada.
–Por fin lo has conseguido –le había dicho Fleurette aquella mañana, cuando Julienne la llamó por teléfono–. Ese acuerdo debe valer cientos de millones. Nadie puede negar que le has devuelto el favor a ese hombre. Se lo has pagado con creces.
Julienne le dio la razón, aunque no estaba tan segura como su hermana. Cristiano Cassara las había salvado a las dos, y no en sentido metafórico, sino literal. Si no las hubiera sacado de la calle, si no las hubiera sacado del pozo oscuro en el que habían caído, habrían terminado muertas. Y Julienne no lo había olvidado. Durante los diez años transcurridos desde entonces no había hecho otra cosa que buscar la forma de agradecérselo.
Por eso estaba allí, en el sitio al que iba una vez al año a relajarse, según decían. Aunque le costaba creer que un hombre tan sobrio y austero como el presidente de Cassara Corporation se relajara alguna vez. Había trabajado mucho tiempo para él, y nunca había visto el menor atisbo de sonrisa en su intimidante rostro.
Nunca, ni una sola vez.
Julienne suspiró y volvió a comprobar su aspecto en uno de los espejos que cubrían todas las paredes y superficies, empeñados en reflejar lo que más le gustaba a los ricos y famosos, su propia imagen.
Esa era una de las lecciones que más le había costado aprender: que la gente que frecuentaba esos lugares no tenía tiempo de mirar a los demás. Estaban demasiado ocupados mirándose a sí mismos. Pero ¿quién era ella para echárselo en cara, si se estaba mirando en un espejo por enésima vez, a pesar de saberse perfecta?
A decir verdad, su perfección había sido parte del pago que Julienne ofreció a su benefactor cuando lo vio por primera vez. Pero no porque él se lo hubiera pedido, que no se lo pidió. De hecho, ni siquiera se dio por enterado.
Todo fue cosa suya. Fue ella quien sacó a su hermana de su pequeño pueblo natal para alejarla de los familiares, vecinos y supuestos amigos que las habían traicionado y abandonado. Fue ella quien la llevó a Mónaco, gastándose su último puñado de euros en dos billetes de autobús. Fue ella quien robó un vestido atrevido en una boutique de Fontvielle y se pintó los labios, se puso unos zapatos de aguja baratos y se maquilló lo suficiente para ocultar su vergüenza.
Al llegar al Grand Hotel, escondió a Fleurette en un callejón, entró en el edificio y se dirigió al mismo bar al que se dirigía ahora. Buscaba hombres ricos, personas capaces de comprar cualquier cosa, incluida una angustiada jovencita de dieciséis años que necesitaba dinero con urgencia.
Tampoco se podía decir que fuera algo nuevo para ella. Ya había sopesado esa salida cuando estaba en el pueblo. El carnicero se había ofrecido a darle unas cuantas monedas a cambio de sus servicios, y Julienne no le había rechazado porque oliera a sangre y tuviera mala dentadura, sino porque no quería acabar como su madre, cuyas malas decisiones habían condenado a sus hijas a un futuro incierto.
No, si tenía que seguir ese camino, no lo seguiría entre los crueles vecinos de una localidad que se había cruzado de brazos ante la desgracia de su madre y había permitido que se hundiera sin mover un solo dedo. Llevaría a Fleurette a la brillante Mónaco, aunque solo fuera para lo que parecía una espiral descendente, abocada al desastre, tuviera un poco de glamour.
Por fortuna, Julienne ya no se parecía a aquella adolescente demacrada. Su pelo era una cascada de color caramelo, recogido en un moño aparentemente sencillo. Y ya no llevaba el vestido robado que había pagado años después a la boutique, adjuntando una nota de disculpa. De hecho no solía llevar vestidos. Prefería las faldas de tubo, las camisas de seda, los zapatos de tacones contundentes y los pendientes de perlas.
Julienne se había convertido en una profesional. Y vestía como ellas, ni más ni menos.
Pero eso también se lo debía a Cristiano Cassara. Aquel hombre le había dado la oportunidad de ser lo mejor que podía llegar a ser, de pagar las deudas que había contraído y de cambiar su mundo.
Y ahora, lo iba a cambiar otra vez.
Julienne se detuvo poco después de entrar en el lujoso y escasamente iluminado bar. Echó un vistazo a su alrededor, y pensó que los ricos y satisfechos hombres de las mesas eran iguales que los que había visto diez años antes. Pero luego se giró hacia la barra, y fue como si Cristiano Cassara lo hubiera planeado todo.
Como si lo hubiera planeado y como si se hubiera acordado.
Porque estaba allí, en el mismo sitio, apoyado en la misma barra brillante y suntuosa, frente a los mismos estantes de botellas perfectamente ordenadas que le habían arrancado un suspiro de admiración en su adolescencia, porque brillaban como joyas preciosas.
Su corazón se aceleró como la primera vez.
Pero no fue por miedo, sino por una mezcla de júbilo y arrepentimiento a la que se sumaba la fuerte dosis de sus propias expectativas.
Respiró hondo y se dirigió hacia él, decidida.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Deuda de deseo», автора Caitlin Crews. Данная книга относится к жанрам: «Современная зарубежная литература», «Короткие любовные романы».. Книга «Deuda de deseo» была издана в 2021 году. Приятного чтения!
О проекте
О подписке
Другие проекты