Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
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ENGAÑO Y SEDUCCIÓN, Nº 137 - junio 2012
Título original: Seduction
Publicada originalmente por HQN™ Books
Traducido por Carlos Ramos Malave
Editor responsable: Luis Pugni
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.
Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-687-0200-1
ePub: Publidisa
Para Sue y Laurent Teichman, con todo mi amor y mi agradecimiento
1 de julio, 1793. Cerca de Brest, Francia
—¿Está vivo?
Aquella voz le sorprendió. Sonaba lejana. E incluso mientras oía al inglés, el dolor le consumía la espalda y los hombros, como uñas que se le clavaran en el cuerpo, como si estuvieran crucificándolo. El dolor era tan horrible que no podía hablar, pero maldijo en silencio. ¿Qué había ocurrido?
Estaba ardiendo. Incluso peor, se preguntaba si estaría ahogándose. Apenas podía respirar. Un terrible peso parecía estar empujándolo hacia abajo. Y estaba completamente a oscuras…
Pero su mente comenzaba a funcionar. El hombre que acababa de hablar era inglés, pero eso era imposible. ¿Dónde estaba? ¿Qué diablos había ocurrido?
Y las imágenes comenzaron a pasar ante sus ojos a una velocidad alarmante, acompañadas de sonidos horribles; los gritos de los heridos y de los moribundos entre el ruido de los mosquetes y los cañones, el río que fluía de color rojo con la sangre francesa de campesinos, monjes, nobles y soldados…
Gimió. No podía recordar cómo le habían herido, y tenía miedo de estar muriéndose. ¿Qué le había sucedido?
Alguien habló, y la voz le resultó familiar.
—Apenas está vivo, Lucas. Ha perdido mucha sangre y lleva inconsciente desde la medianoche. Mi cirujano no sabe si vivirá.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó otro inglés.
—Sufrimos una terrible derrota en Nantes, messieurs. Una derrota de los franceses bajo las órdenes del general Biron, pero Dominic no fue herido en esa batalla. Fue asaltado por un asesino frente a mis aposentos anoche.
Y entonces se dio cuenta de que era su amigo de toda la vida, Michel Jacquelyn, quien hablaba. Alguien había tratado de asesinarlo, porque alguien sabía que era un espía.
—Dios —dijo el segundo inglés.
Dominic logró abrir los ojos con gran esfuerzo. Estaba tumbado sobre un camastro en la playa, tapado con mantas. La espuma de las olas golpeaba la orilla y las estrellas brillaban sobre su cabeza. Había tres hombres a su alrededor, vestidos con chaquetas, pantalones y botas. Tenía la visión borrosa, pero pudo distinguirlos a duras penas. Michel era bajito y moreno, tenía la ropa manchada de sangre y el pelo recogido con una coleta. Los ingleses eran altos y rubios y llevaban el pelo suelto. Todos iban armados con pistolas y dagas. Oyó entonces el crujir de los mástiles de madera y el sonido del viento golpeando las velas. Y ya no pudo mantener los ojos abiertos. Agotado, los cerró.
Iba a perder el conocimiento…
—¿Os han seguido? —preguntó el tal Lucas.
—No, pero la gendarmerie está por todas partes, mes amis. Debemos darnos prisa. Los franceses bloquean la costa; habréis de tener cuidado para esquivar sus barcos. El otro inglés habló en ese momento, y parecía alegre.
—No temáis. Nadie puede dejar atrás a la armada como yo. El capitán Jack Greystone, monsieur, a vuestro servicio en esta noche tan interesante. Y creo que ya conocéis a mi hermano, Lucas.
—Así es. Debéis llevarlo a Londres, messieurs —dijo Michel—. Immédiatement.
—No llegará vivo a Londres —respondió Jack.
—Lo llevaremos a Greystone —dijo Lucas—. Está cerca y es seguro. Y, si tiene suerte, vivirá para poder luchar un día más.
—Bien. Mantenedlo a salvo. En La Vendée lo necesitamos de vuelta. Que Dios os acompañe.
2 de julio, 1793. Penzance, Cornualles
Llegaba muy tarde.
Julianne Greystone prácticamente saltó del carruaje tras aparcarlo frente a la sombrerería. La reunión de la Sociedad era en la puerta de al lado, en el salón de la posada El Ciervo Blanco, pero todos los huecos frente al lugar estaban ya ocupados. La posada siempre tenía mucho bullicio por las tardes. Volvió a comprobar el freno del carruaje, acarició a la vieja yegua y la ató al poste.
Odiaba llegar tarde. No estaba en su naturaleza perder el tiempo. Julianne se tomaba la vida muy en serio, al contrario que las demás damas que conocía.
Esas mujeres disfrutaban de la moda y de las compras, del té y de las visitas sociales, de los bailes y de las cenas, pero no vivían en las mismas circunstancias que ella. Julianne no recordaba un solo momento en su vida en el que hubiera podido relajarse y mostrarse frívola; su padre había abandonado a la familia antes de que ella cumpliera tres años, aunque sus circunstancias ya eran duras por entonces. Su padre había sido el menor de sus hermanos, sin medios económicos, así como un verdadero gandul. Ella había crecido haciendo el tipo de tareas en la mansión que sus semejantes reservaban a los sirvientes. Cocinar, fregar los platos, llevar la leña, planchar las camisas de sus hermanos, dar de comer a sus dos caballos, limpiar los establos… Siempre había una tarea aguardándola. Siempre había algo más que hacer. Pero no había tiempo suficiente en un día cualquiera, y por eso la tardanza le parecía imperdonable.
Claro que había una hora de camino desde su casa en Sennen Cove hasta la ciudad. Su hermana mayor, Amelia, se había llevado el coche de caballos aquel día. Todos los miércoles, lloviese o hiciese sol, Amelia se llevaba a mamá a visitar a sus vecinas; no importaba que mamá ya no reconociera a nadie. Mamá no estaba bien. Ya no tenía la cabeza en su sitio y a veces no lograba reconocer a sus propias hijas, pero le encantaba ir de visita. Nadie era tan adepto a la frivolidad como mamá. A veces se consideraba a sí misma una debutante, rodeada de sus amigas y de sus pretendientes. Julianne pensaba que sabía lo que había sido para su madre crecer en un hogar con todos los lujos, antes de que los americanos buscaran su independencia; una época con alguna guerra ocasional; una época sin miedo, sin rencor y sin revolución. Había sido una época de esplendor absoluto, de indiferencia y de ostentación; una época para el disfrute, una época en la que nadie se molestaba en pensar en la miseria del vecino.
Pobre mamá. Había comenzado a desvanecerse poco después de que su padre los abandonara por el juego y por las mujeres desvergonzadas de Londres, Amberes y París. Pero Julianne no estaba segura de que su madre hubiera perdido la cabeza por culpa de un corazón roto. A veces le parecía más simple y mundano; mamá simplemente no podía controlar las circunstancias oscuras y amenazantes del mundo moderno.
Pero su médico decía que era importante sacarla a pasear. Todos en la familia estaban de acuerdo. Así que a ella le habían dejado el carruaje de dos caballos y la yegua de veinte años. La hora de camino se había convertido en dos horas.
Jamás se había sentido más impaciente. Vivía por las reuniones mensuales en Penzance. Ella y su amigo, Tom Treyton, que era tan radical como ella, habían fundado la sociedad el año anterior, después de que el rey Luis XVI hubiera sido derrocado y Francia hubiera sido declarada una república. Ambos habían apoyado la revolución francesa desde el momento en que había quedado claro que en aquel país estaban aconteciendo grandes cambios, todos orientados a facilitar la situación del campesinado y de la clase media, pero ninguno de los dos había soñado con que el antiguo régimen pudiera caer al fin.
Cada semana sucedía algo nuevo en la cruzada de Francia por la libertad del hombre de a pie. El mes anterior, los líderes jacobinos en la Asamblea Nacional habían dado un golpe y habían arrestado a muchos de la oposición. De ahí había salido una nueva constitución que otorgaba el voto a todos los hombres. Era casi demasiado bueno para ser cierto. Recientemente había sido establecido el Comité para la Seguridad Pública, y Julianne estaba ansiosa por saber qué reformas propondría. Y además estaban las guerras en el continente. La nueva república francesa pretendía llevar la libertad a toda Europa. Francia había declarado la guerra al imperio de los Habsburgo en abril del noventa y dos. Pero no todos compartían las ideas radicales de Julianne y de Tom, ni su entusiasmo por el nuevo régimen francés. El pasado mes de febrero, Gran Bretaña se había unido a Austria y a Prusia y había entrado en guerra contra Francia.
—Señorita Greystone.
Julianne había estado a punto de llamar al chico uniformado del otro lado de la calle para pedirle que diese de beber a su yegua. Al oír aquella voz estridente, se tensó y se dio la vuelta lentamente.
Richard Colmes estaba mirándola con el ceño fruncido.
—No podéis aparcar aquí.
Julianne sabía perfectamente por qué quería enfrentarse a ella. Se apartó un mechón de pelo rubio de la cara y dijo educadamente:
—Esta es una calle pública, señor Colmes. Ah, y buenas tardes. ¿Qué tal está la señora Colmes?
El sombrerero era un hombre bajito y rechoncho con patillas canosas. No llevaba la peluca empolvada, pero era de buena calidad, y por lo demás su presencia era impecable, desde las medias pálidas y zapatos de cuero hasta la chaqueta bordada.
—No aprobaré vuestra sociedad, señorita Greystone.
Julianne se sentía furiosa, pero sonrió con dulzura.
—No es mi sociedad —dijo.
—Vos la fundasteis. ¡Vosotros los radicales estáis condenando este gran país a la ruina! —exclamó el sombrerero—. Sois todos jacobinos y os reunís para intercambiar vuestras terribles ideas en la puerta de al lado. ¡Deberíais estar avergonzada, señorita Greystone!
Ya no tenía sentido seguir sonriendo.
—Este es un país libre, señor, y todos tenemos derecho a tener nuestras propias ideas. Podemos reunirnos en la puerta de al lado si John Fowey nos lo permite —Fowey era el posadero.
—¡Fowey está tan loco como vos! —gritó Colmes—. Estamos en guerra, señorita Greystone, y vuestro grupo apoya al enemigo. Si cruzan el canal, sin duda recibiréis al ejército francés con los brazos abiertos.
Julianne levantó la cabeza.
—Estáis simplificando un asunto muy complejo, señor. Yo defiendo los derechos de todos los hombres, incluso de los vagabundos que vienen a esta ciudad en busca de algo que llevarse a la boca. Sí, apoyo la revolución en Francia, ¡pero también lo hacen muchos de nuestros compatriotas! Yo apoyo a Thomas Paine, Charles Fox, lord Byron y Shelley, por nombrar solo algunas de las mentes distinguidas que reconocen que los cambios en Francia son por el bien de la humanidad. Soy una radical, señor, pero…
—Sois una traidora, señorita Greystone, y si no movéis vuestro carruaje, lo haré yo por vos —se dio la vuelta, entró en su tienda y cerró de un portazo.
Julianne se estremeció y sintió un vuelco en el estómago. Había estado a punto de decirle al sombrerero lo mucho que adoraba su país. Una podía ser patriota y aun así apoyar la nueva república constitucional en Francia. Una podía ser patriota y aun así abogar por una reforma política y un cambio social, tanto en el extranjero como en su propio país.
—Vamos, Milly —le dijo a la yegua. Condujo al animal y al carruaje hacia el establo situado al otro lado de la calle. A cada semana que pasaba se le hacía más difícil relacionarse con sus vecinos; gente que había conocido toda su vida. Hubo un tiempo en el que todo el mundo la recibía en las tiendas y en los salones con los brazos abiertos. Ya no era así.
La revolución en Francia y las guerras posteriores en el continente habían dividido al país.
Y ahora tendría que pagar por el privilegio de dejar a su yegua en el establo, cuando no les sobraba el dinero. Las guerras habían aumentado el precio de la comida, por no hablar de casi todos los demás gastos. Greystone tenía una mina de plomo próspera y una cantera de hierro igualmente productiva, pero Lucas invertía casi todos los beneficios de la finca, pensando en el futuro de toda la familia. Era frugal, pero todos lo eran; salvo por Jack, que se mostraba imprudente en todos los sentidos, y probablemente por eso era tan dado al contrabando. Lucas estaba en Londres, o eso creía ella, aunque resultaba algo sospechoso; parecía estar en la ciudad todo el tiempo. Y en cuanto a Jack, conociendo a su hermano, probablemente estuviera en el mar, huyendo de algún agente de aduanas.
Ignoró sus preocupaciones por el gasto inesperado, pues no podía evitar pagar, y dejó atrás la desagradable conversación con el sombrerero, aunque se lo contaría a su hermana más tarde.
Se sacudió el polvo de la nariz y de la falda de muselina. No había llovido en toda la semana y los caminos estaban increíblemente secos. Su vestido era ahora beige en vez de color marfil.
A medida que se acercaba al cartel situado junto a la puerta de entrada de la posada, iba entusiasmándose más. Ella misma había pintado el cartel.
Sociedad de los Amigos del Pueblo, decía. Recién llegados sean bienvenidos. Sin cuotas.
Estaba muy orgullosa de esa última frase. Se había enfrentado a su querido amigo Tom Treyton con uñas y dientes para no cobrar cuotas a los miembros. ¿Acaso no era eso lo que hacía Thomas Hardy para las Sociedades Correspondientes? Cualquier hombre y mujer debía poder participar en una asamblea destinada a promover la igualdad, la libertad y los derechos del hombre. A nadie debía negársele el derecho ni la capacidad para participar en una causa que los liberaría solo por no poder permitirse pagar una cuota mensual.
Julianne entró en el salón de la posada y vio a Tom inmediatamente. Tenía más o menos su altura, con el pelo castaño claro y rasgos agradables. Su padre era un terrateniente acomodado y Tom había sido enviado a Oxford para estudiar en la universidad. Julianne había pensado que viviría en Londres después de graduarse; en vez de eso, había vuelto a casa para fundar su propio despacho de abogados en la ciudad. Casi todos sus clientes eran contrabandistas que habían sido capturados. Por desgracia no había logrado defender con éxito a sus dos últimos clientes; ambos habían sido condenados a dos años de trabajos forzados. Por supuesto eran culpables de los cargos y todos lo sabían.
На этой странице вы можете прочитать онлайн книгу «Engaño y seducción», автора Бренды Джойс. Данная книга относится к жанрам: «Эротические романы», «Исторические любовные романы».. Книга «Engaño y seducción» была издана в 2022 году. Приятного чтения!
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