“¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo!”
estudio
en escarlata
UN NUEVO CASO DE
Sherlock Holmes
de
A. Conan Doyle
Autor de
“El sabueso de los Baskerville” y “El signo de los cuatro”
Ilustrado por
RICHARD GUTSCHMIDT’
Sumario
Primera parte. Reimpresión de las memorias de John H. Watson
Capítulo I El señor Sherlock Holmes
Capítulo II La ciencia de la deducción
Capítulo III El misterio de Lauriston Gardens
Capítulo IV Lo que John Rance tenía que decir
Capítulo V Nuestro anuncio nos trae una visita
Capítulo VI Tobias Gregson da una prueba de lo que es capaz
Capítulo VII Una luz en la oscuridad
Segunda parte. La tierra de los santos
Capítulo I En la gran llanura alcalina
Capítulo III John Ferrier habla con el profeta
Capítulo IV Una fuga para salvar la vida
Capítulo V Los ángeles vengadores
Capítulo VI Continuación de las memorias de John Watson, doctor en medicina
Primera parte.
Reimpresión de las memorias de John H. Watson
Doctor en Medicina y oficial retirado
del Cuerpo de Médicos del Ejército Británico
The Sherlock Holmes Collection
noviembre de 1887
de A. CONAN DOYLE
En el año 1878 me gradué de Doctor en Medicina por la Universidad de Londres, y a continuación me trasladé a Netley con objeto de cumplir el curso que es obligatorio para ser médico cirujano en el Ejército. Una vez concluidos esos estudios, fui a su debido tiempo destinado, en calidad de médico cirujano ayudante, al 5.° de Fusileros de Northumberland. El regimiento se hallaba en aquel entonces de guarnición en la India y, antes de que yo pudiera incorporarme a él, estalló la segunda guerra de Afganistán. Al desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad había cruzado los desfiladeros de la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Yo, sin embargo, junto con otros muchos oficiales que se encontraban en situación idéntica a la mía, seguí viaje, logrando llegar sin percances a Candahar, donde encontré a mi regimiento y donde me incorporé en el acto a mi nuevo servicio.
Aquella campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, pero a mí solo me acarreó desgracias e infortunios. Fui separado de mi brigada para incorporarme a las tropas de Berkshire, con las que me hallaba sirviendo cuando tuvo lugar la desdichada batalla de Maiwand. Fui herido allí por una bala explosiva, que me destrozó el hueso del hombro, rozando la arteria subclavia. Habría caído en manos de los ghazis asesinos, de no haber sido por el valor y la lealtad de Murray, mi ordenanza, quien me colocó de través, lo mismo que un bulto, encima de un caballo de los de la impedimenta y consiguió llevarme sin más percances hasta las líneas británicas.
“Habría caído en manos de los ghazis, de no haber sido por el valor y la lealtad de Murray, mi ordenanza”.
Agotado por el dolor y debilitado a consecuencia de las muchas fatigas soportadas, me trasladaron en un gran convoy de heridos al hospital de base, establecido en Peshawar. Me restablecí en ese lugar hasta el punto de que ya podía pasear por las salas, e incluso salir a tomar un poco el sol en la terraza, cuando caí víctima de ese azote de nuestras posesiones de la India: el tifus. Durante meses se temió por mi vida, y cuando por fin reaccioné y entré en la convalecencia, había quedado en tal estado de debilidad y de extenuación, que el consejo médico dictaminó que debía ser enviado a Inglaterra sin perder un solo día. En consecuencia, fui embarcado en el transporte militar Orontes, y un mes después pisaba tierra en el muelle de Portsmouth, convertido en una irremediable ruina física, pero disponiendo de un permiso otorgado por un Gobierno paternal para que me esforzase por reponerme durante el período de nueve meses que se me concedía.
Yo no tenía en Inglaterra parientes ni allegados. Estaba, pues, tan libre como el aire o tan libre como un hombre puede serlo con un ingreso diario de once chelines y seis peniques. Como es natural en una situación como esa, me dirigí hacia Londres, gran sumidero al que se ven arrastrados de manera irresistible todos cuantos atraviesan una época de descanso y ociosidad.
Me alojé durante algún tiempo en un buen hotel del Strand, llevando una vida absurda y sin sentido, y gastándome mi dinero con mucha mayor esplendidez de lo que hubiera debido. La situación de mis finanzas se hizo tan alarmante que no tardé en comprender que, si no quería verme en la necesidad de tener que abandonar la gran ciudad y de llevar una vida rústica en el campo, era necesario que alterase por completo mi forma de vida. Opté por esto último, y empecé por tomar la resolución de abandonar el hotel e instalarme en una habitación de menores pretensiones y más barata.
Me hallaba, el día mismo en que llegué a semejante conclusión, en pie en el bar Criterion, cuando me dieron unos golpecitos en el hombro; me volví, encontrándome con que se trataba del joven Stamford, que había trabajado a mis órdenes en el Barts1 como practicante. Para un hombre que lleva una vida solitaria, resulta grato ver una cara amiga entre la inmensa y extraña multitud de Londres. En aquel entonces, Stamford no era precisamente un gran amigo mío; pero en esta ocasión lo acogí con entusiasmo, y él, por su parte, pareció encantado de verme. Llevado de mi júbilo exuberante, lo invité a que almorzase conmigo en el Holborn, y hacia allí nos fuimos en un coche de alquiler de los de un caballo, de los llamados Hansom.
—¿Y qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó, sin disimular su sorpresa, mientras el coche avanzaba traqueteando por las concurridas calles de Londres—. Está delgado como un listón y moreno como una nuez.
Le relaté a grandes rasgos mi aventuras. Apenas había acabado de contárselas cuando llegamos a nuestro destino.
—¡Pobre hombre! —me dijo con acento de conmiseración, después de oírme contar mis desdichas—. ¿Y qué hace ahora?
—Estoy buscando habitación —le contesté—. Trato de resolver el problema de la posibilidad de encontrar habitaciones confortables a un precio razonable.
—Es curioso —hizo notar mi acompañante—. Es usted la segunda persona que hoy me habla en esos mismos términos.
—¿Quién ha sido la primera? —le pregunté.
—Un señor que trabaja en el Laboratorio de Química del hospital. Esta mañana se lamentaba de no dar con nadie que quisiese alquilar a medias con él un bonito apartamento que había encontrado y que resultaba demasiado gravoso para su bolsillo.
—¡Por Júpiter! —exclamé—. Si de veras busca a alguien con quien compartir las habitaciones y el gasto, yo soy el hombre que le conviene. Preferiría tener un compañero a vivir solo.
El joven Stamford me miró de un modo bastante raro, por encima de un vaso de vino, y dijo:
—No conoce usted aún a Sherlock Holmes; quizá no le interese tenerlo constantemente de compañero.
—¿Por qué? ¿Hay algo en su contra?
—Yo no he dicho que haya algo en su contra. Es un hombre de ideas raras. Le entusiasman ciertas ramas de la ciencia. Por lo que yo sé, es una persona bastante aceptable.
—¿Estudia quizá Medicina? —le pregunté.
—No... Yo no creo que tenga intención de seguir esa carrera. En mi opinión, domina la anatomía y es un químico de primera clase; sin embargo, nunca asistió de manera sistemática, que yo sepa, a clases de Medicina. Es muy voluble y excéntrico en sus estudios; pero ha hecho un gran acopio de conocimientos poco corrientes, que asombrarían a sus profesores.
—¿Le ha preguntado usted alguna vez cuáles son sus propósitos? —indagué.
—Nunca; no es hombre que se deje llevar fácilmente a confidencias, aunque suele ser bastante comunicativo cuando está en vena.
—Me gustaría conocerlo —dije—. De tener que vivir con alguien, prefiero que sea con un hombre estudioso y de costumbres tranquilas. No me siento bastante fuerte todavía para soportar mucho ruido o el barullo. Los que tuve que aguantar en Afganistán, me bastan para todo lo que me resta de vida. ¿Hay modo de que conozca a ese amigo suyo?
—De fijo que está ahora mismo en el laboratorio —contestó mi compañero—. Hay ocasiones en que no aparece por allí durante semanas, y otras en que no se mueve del laboratorio desde la mañana hasta la noche. Podemos acercarnos los dos en coche después del almuerzo, si lo desea.
—Claro que sí —le respondí.
Y la conversación se desvió por otros derroteros.
Mientras nos dirigíamos al hospital, después de abandonar el Holborn, Stamford me fue dando unos pocos detalles más acerca del caballero al que yo tenía el propósito de tomar por compañero de habitaciones.
—No debe echarme a mí la culpa si no se lleva bien con él —me dijo—. Lo que yo sé de Sherlock lo sé por haberlo tratado alguna vez que otra en el laboratorio. Usted es quien ha propuesto el asunto y no debe hacerme a mí responsable.
—Si no nos llevamos bien, será cosa fácil separarnos —comenté—. Me está pareciendo, Stamford, que tiene usted alguna razón para querer lavarse las manos en este asunto —agregué, clavando la mirada en mi compañero—. ¿Acaso es un hombre terriblemente destemplado, o qué? No se ande con rodeos.
—No resulta fácil expresar lo inexpresable —me
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