HEGEMONÍA DE LOS EXCLUIDOS
MATERIALES PARA UNA VIDA AUTÉNTICA
Diseño de cubierta: Esequiel Cafaro
© Traducción: Álvaro Otero
© Introducción: Álvaro Otero
© Editorial Biblioteca Nueva
© Malpaso Holdings, S. L., 2022
c/ Diputació 327, principal 1.ª
08009 Barcelona
ISBN: 978-84-18546-78-5
Primera edición, abril de 2022
Maquetación: Joan Edo Moreno
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A Sergio, Emilia, Serxio
Admirado por su trabajo,
esfuerzo y compromiso.
La historia de Gramsci es la historia de una catástrofe
MANUEL SACRISTÁN
Los textos escritos por Antonio Gramsci desde la cárcel, son la huella del esfuerzo de un ser humano excepcional que lucha por no ser abatido por unas circunstancias históricas que tratan de derrotarlo. La desesperanzada lucidez con la que percibe su situación queda reflejada en una carta dirigida a su cuñada Tatiana el 19 marzo de 1927. En ella le comunica que está atormentado por la siguiente idea: «que debería hacer algo für ewig (para la eternidad), según una vieja concepción de Goethe, que recuerdo atormentó mucho a nuestro Pascoli».
La referencia a la que Gramsci alude se encuentra en los Canti di Castelvecchio (1907) de Giovanni Pascoli, en un poema titulado Per sempre en el que uno de los versos expresa «para siempre quiere decir morir». Un intelectual como Gramsci no puede carecer de lectores. Para que su trabajo cobre sentido necesita de espacios públicos y privados como la familia, el partido político o la ciudadanía. Su filosofía no puede ser sino polémica ante la especulación académica autorreferencial o ante la composición intelectual dirigida a hacer carrera. Su obra aspira a ser un instrumento en manos de las clases oprimidas, de los don nadie de la historia, para que tomen conciencia y luchen por su dignidad. Es un pensamiento negativo contra la filosofía institucional y supuestamente objetiva, pues nada puede afirmarse desinteresadamente en un mundo de privilegiados y desposeídos. Como él mismo indica «la filosofía de la praxis no puede no ser concebida de forma polémica, de perpetua lucha» (Cuaderno 11, entrada 13).
La lenta pena de muerta aplicada a Gramsci, tanto la real, impuesta por el gobierno fascista de Mussolini, como la simbólica perpetrada por la grosera interpretación estalinista de la política de partido, será doblemente efectiva para desprestigiarlo. Esta doble condena lo privó de un interlocutor, no subsistieron ni la política, ni el partido, ni su familia. Escribir para la eternidad significa saberse solo y, a pesar de ello, escribir para las próximas generaciones, para tiempos más propicios. A pesar de todo su esfuerzo, de su voluntarioso optimismo, Gramsci no pudo continuar y dejó de escribir dos años antes de su muerte. Si no regresamos a su escritura sería como condenarlo de nuevo, conservar la imagen de Gramsci como un autoritario dogmático, cuando su obra indica lo contrario. En palabras de Walter Benjamin en el párrafo sexto de su tesis de la filosofía de la historia:
«Tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer».
Leer a Gramsci es acercarse a un autor que nos proporciona herramientas para entender nuestro presente. Es también sostener, como escribió Horkheimer (2000: 173 y 169): «la esperanza de que la injusticia que atraviesa el mundo no sea lo último, que no tenga la última palabra […] anhelo de que el verdugo no triunfe sobre la víctima inocente».
El 22 de enero de 1891 nace en Ales, Cerdeña, Antonio Gramsci. Durante sus primeros años la familia no pasa apuros económicos. Siete años más tarde detienen a su padre, Francesco Gramsci, lo que supondrá un duro golpe para la familia. El motivo del arresto, hasta donde sabemos, no se ha aclarado hasta la fecha. Se cree que estuvo relacionado con rencillas electorales. Francesco Gramsci no saldrá de prisión hasta 1904. Durante estos seis años la familia vive una apurada situación, que obliga a Antonio y a sus hermanos a trabajar en lo que pueden para colaborar con los gastos familiares. Rememorando estos años, Gramsci escribe en una carta del 3 de octubre de 1932 en la que relata: «10 horas de trabajo diarias, incluida la mañana del domingo […] cargando con registros que pesaban más que yo, y muchas veces me escondía para llorar porque me dolía todo el cuerpo».
A pesar del trabajo, los resultados escolares de Gramsci son brillantes y en 1908 decide trasladase a Cagliari para continuar sus estudios en el Liceo de la ciudad, a la que llega en unas condiciones míseras. Durante su etapa en el Liceo se forjará en el joven filósofo «el instinto de la rebelión, que de niño era contra los ricos, porque no podía estudiar, yo, que había obtenido dieces en todas las materias en la escuela primaria, mientras continuaban el hijo del carnicero, del farmacéutico, del vendedor de ropa» escribe en una carta con fecha del 6 de marzo de 1924. El profesorado percibe las dotes intelectuales del joven estudiante y le confían la redacción de artículos que se publicarán en el periódico L’Unione Sarda.
A los veinte años, y a costa de grandes sacrificios, se traslada a Turín, pues en esta ciudad puede optar a la obtención de una beca universitaria para alumnos sin recursos provenientes de Cerdeña. Para ello tendrá que alcanzar un buen resultado en las pruebas de selección. Está en unas condiciones tan deplorables que sufre desvanecimientos por desnutrición y frío.
A pesar de las penurias personales, Gramsci encuentra en Turín una ciudad en plena efervescencia. Durante sus primeros años de vida universitaria compagina la asistencia a los cursos universitarios con la redacción en el semanal Il Grido del Popolo de orientación socialista. La vocación periodística y la comprensión de este trabajo como labor pedagógica le acompañará toda su vida. En el 1916 colabora regularmente con el periódico Avanti! órgano de expresión del Partido Socialista Italiano. En este diario se ocupará de las secciones de cultura y de crítica teatral, siendo uno de los primeros críticos en apoyar la renovación formal del teatro de Luigi Pirandello.
Las noticias que llegan a Italia de la revolución rusa de 1917 abren una nueva dimensión para el movimiento obrero. Turín y su zona de influencia es una región fuertemente industrializada donde se asentan las fábricas más importantes de Italia. Los trabajadores se movilizan para exigir la jornada de ocho horas (objetivo que consiguen en 1919). Estas reivindicaciones apoyadas manifestaciones y acciones de presión tales como la huelga general, son duramente reprimidas por el Estado con el auxilio del ejército. En abril se despliega en la ciudad la brigada «Sassari», compuesta por soldados de origen sardo. Gramsci y sus compañeros del PSI, aprovechando la coincidencia de origen con los soldados, desarrollan una actividad informativa para evitar la actuación de la milicia. El Uno de Mayo se edita el primer número del semanario L’Ordine Nuovo. El 20 de junio Gramsci es arrestado por primera vez.
Los obreros italianos se interesan por la situación rusa y descubren un nuevo sistema de organización fabril, los soviets. En el último trimestre de 1919 se pone en práctica en las fábricas italianas de Turín el modelo laboral ruso que denominan consejos obreros. El consejo de fábrica no es solo un modelo productivo en el que los obreros tienen un control total sobre la producción, sino que además es una escuela formativa. Gramsci, a pesar de la desaprobación del partido socialista, apoya la formación de consejos de fábrica en los que ve una posibilidad real de ruptura con el pensamiento hegemónico capitalista. Esto no quiere decir que se sustituya una hegemonía totalitaria por otra. El objetivo es crear una hegemonía donde tengan cabida las diferencias y los recursos necesarios para expresarlas y respetarlas. El éxito de los consejos llevó al siguiente paso, la ocupación de las fábricas. Los enfrentamientos entre fuerzas del orden y obreros aumentaron el clima de confrontación y violencia, situación que el recién creado partido fascista aprovechó para ampliar su influencia entre los campesinos y pequeños comerciantes. A finales de 1920 se cerró la crisis social del llamado «bienio rojo». Fue, sin embargo, un cierre en falso. Las tensiones no se habían apaciguado, al contrario, a partir de 1921 la violencia fascista no hace sino crecer. Ante este escenario se crea la organización Arditi del Popolo1, fundada por Argo Secondari, para proteger a los antifascistas de los ataques que sufrían2 por parte de los escuadrones paramilitares fascitas. Gramsci publica en L’Ordine Nuovo, que en el mismo año pasó a ser un diario, una entrevista con Arrigo Benedetti, uno de los líderes de Arditi. Gramsci apoyaba las acciones de este organismo, pero al ser autónomos el PCdI3 consideraba que no se debía favorecer la expansión de este grupo4.
En 1922 Gramsci viaja a Moscú como miembro del Comité Ejecutivo del Partido Comunista de Italia. Su estado de agotamiento nervioso le obliga a internarse en el sanatorio de Serebryany Bor a las afueras de Moscú. Aquí conoce a Julia Schucht, su futura pareja y madre de sus dos hijos.
La estancia de Gramsci en la Unión Soviética se prolonga hasta finales de 1923, fecha en la que es enviado a Viena para coordinar a los exiliados del PCdI. Mientras tanto la violencia social en Italia se intensifica. La marcha sobre Roma de Mussolini en octubre de 1922 supuso la ruptura con el estado democrático y el inicio del poder estatal fascista. Las agresiones de los camisas negras se amparan en un nuevo orden legal que les permite todo y los alienta. Los militantes comunistas son arrestados, en el mejor de los casos, y linchados. Se emiten órdenes de arresto contra la cúpula del partido comunista, Gramsci entre ellos.
En el 1924 se convocan elecciones. Gramsci sale elegido como representante parlamentario. La inmunidad que conlleva el cargo le permite volver a Italia con la tranquilidad de no ser detenido. El diputado del PSI Giacomo Matteotti denuncia que ha habido fraude en las elecciones; poco después es asesinado por un escuadrón fascista. Tras meses de acusaciones Mussolini asume la responsabilidad político-moral de este asesinato en el parlamento, sus correligionarios aplauden atronadoramente esta declaración. El gobierno de Mussolini prohíbe las huelgas, los sindicatos no afines con la línea oficial del partido fascista y consigue que se apruebe una ley que le otorga plenos poderes.
Anteo Zamboni, un adolescente de quince años proveniente de una familia anarquista, lo linchan brutalmente hasta morir un grupo de fascistas. A pesar de su poca inteligencia, Zamboni es acusado de atentar contra la vida de Mussolini en Boloña el 31 de octubre de 1926. Este hecho, todavía a día de hoy sin aclarar del todo, pues parece que puede haber sido organizado por el propio partido fascista, fue la excusa perfecta para poner en práctica una serie de leyes para la defensa del Estado, que contemplaban, entre otras medidas, la prohibición de los partidos políticos, la institución de la pena capital y el destierro. A los pocos días Gramsci es arrestado, no volverá a ver ni a su mujer ni a su primer hijo. Su segundo hijo nace en la Unión Soviética tras el encarcelamiento, y solo tendrá contacto con él por vía epistolar.
Se abre un proceso contra los dirigentes comunistas acusados de actividad conspirativa, instigación a la guerra civil, apología del crimen e incitación a la lucha de clase, organización de banda armada, devastación, saqueos y masacres. Durante su encarcelamiento Gramsci recibe una extraña carta de Ruggero Grieco, secretario del PCdI. Este documento está tan lleno de detalles comprometedores que lleva al juez instructor del proceso, Enrico Macis, a decir a Gramsci que sus amigos desean que permanezca largo tiempo en la cárcel5. El fiscal del ministerio público, Michele Isgrò, en su alocución final declara que se debía impedir a este cerebro funcionar durante veinte años. El 4 de junio de 1928, Gramsci es condenado a veinte años, cuatro meses y cinco días de cárcel. El tiempo que le queda de vida son etapas de un paulatino deterioro físico y moral. Las privaciones que sufrió en su infancia y juventud causan que su organismo no pueda enfrentarse a las duras condiciones de reclusión y a los brutales traslados por las diferentes cárceles en las que cumplió condena. Los servicios médicos del presidio apenas paliaron los sufrimientos del pensador sardo. Se sintió abandonado por sus compañeros y familiares, los primeros a causa de sus posturas heterodoxas ante un estalinismo cada vez más banal y fanático, los segundos por las cada vez más espaciadas cartas de Julia y por las escasas noticias de sus hijos Delio y Giuliano. «la otra cárcel […] constituida por la exclusión no solo de la vida social, sino también de la familiar» escribe en una carta del 13 de enero de 1931.
A pesar de las terribles circunstancias jamás quiso seguir los consejos de sus amigos y allegados que le proponían pedir una amnistía al Duce, fundamentada en su terrible estado de salud. Hasta que se lo permitieron sus enfermedades trabajó en sus cuadernos, su última anotación data de finales de 1935. El 27 de abril de 1937 muere de una hemorragia cerebral. En una carta fechada el 24 de agosto de 1931 Gramsci declara:
«Yo no hablo nunca del aspecto negativo de mi vida, primero porque no quiero que lloren por mí; era un combatiente, que no ha tenido fortuna en la lucha inmediata, y los combatientes no pueden y no se les debe llorar, cuando han luchado, no por obligación, sino porque así lo han querido ellos conscientemente».
A las extremas dificultades que experimentó durante su encarcelamiento opuso la fuerza de su voluntad y la firme convicción de estar del lado de la justicia. «El hombre tiene en sí mismo el origen de las fuerzas morales, todo depende de él, de su energía, de su voluntad, de la férrea coherencia de los fines que se propone y de los medios que emplea para alcanzarlos (…) soy pesimista con la inteligencia, pero optimista con la voluntad. Pienso, en cada circunstancia, en las peores hipótesis, para poner en movimiento todas las reservas de la voluntad y ser capaz de abatir el obstáculo». Carta escrita a su hermano Carlo el 19 diciembre de 1929
Gramsci concibe la filosofía como una disciplina crítica enraizada en un tiempo histórico concreto. El marxismo es para él una corriente de pensamiento consciente de su acontecer. En su devenir manifiesta las contradicciones del presente. Interpretada de este modo la reflexión debe ser polémica, destinada a mostrar las inconsistencias de los grandes sistemas filosóficos y al mismo tiempo como estos se reflejan en el sentido común. Si hemos unido estas dos visiones del mundo, las grandes creaciones especulativas y el sentido común, es porque Gramsci considera que el más simple sentido común está saturado de filosofía.
La lectura de Karl Marx que realiza Gramsci está influida por la obra de Antonio Labriola6. Este consideraba el marxismo como un pensamiento autosuficiente y autónomo para entender la estructura de la sociedad y al ser humano dentro de ella. No descubre verdades eternas e inmutables, sino que a medida que interpreta el mundo lo va transformando. Por ello Gramsci habla de una doble intervención del marxismo:
«Por un lado algunos de sus elementos, explícita o implícitamente, han sido absorbidos por algunas corrientes idealistas (Croce, Sorel, Bergson, etc., los pragmatistas, etc.); por otra los marxistas “oficiales”, preocupados por encontrar una “filosofía” que contuviese el marxismo, la han encontrado en las derivaciones modernas del materialismo filosófico vulgar» (Cuaderno 4, entrada 3).
Los dos grandes adversarios filosóficos con los que se enfrenta en los cuadernos son, por una parte, el sistema idealista de Benedetto Croce7, y por otra, la reducción que convierte al marxismo en mero materialismo pasivo hecha por Nikolái Bujarin8.
Benedetto Croce, siguiendo la senda abierta por Giovanni Gentile9, interpreta la filosofía de Marx considerándola un momento del desarrollo del espíritu que tiene que ser superado y reintegrado. El despliegue del espíritu es el despliegue de la libertad, a la que se corresponde en el ámbito político el liberalismo. Gramsci estima que a pesar de que pocos conocen en profundidad el pensamiento de Croce, este se manifiesta, si bien de modo fragmentado e inorgánico, en el espíritu del tiempo; es decir, en las ideas y valoraciones que sustentan el sistema jurídico, cultural, económico de la sociedad italiana. El pensamiento crociano se eleva a sí mismo como verdad, o al menos como reflexión desinteresada al margen del tiempo concreto. Gramsci en una consideración polémica asume que:
«Establecer con exactitud el significado histórico y político del historicismo crociano significa, de hecho, reducirlo a su alcance real, desnudándolo de la gran brillantez que se le atribuye como la manifestación de una ciencia objetiva, de un pensamiento sereno e imparcial que se coloca sobre todas las miserias y contingencias de la lucha cotidiana, en una contemplación desinteresada del eterno devenir de la historia humana» (Cuaderno 8, entrada 39).
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