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2019 год
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CAPÍTULO DOS

Erec estaba parado en la cima de la colina, en el borde del bosque y vio al  pequeño ejército acercarse, y su corazón enardeció. Había nacido para un día como éste. En algunas batallas, la línea era borrosa entre lo justo y lo injusto – pero no en este día. El Lord de Baluster había robado a su novia sin reparo, y había sido jactancioso y no sentía arrepentimiento. Se le había hecho consciente de su crimen, se le había sido dado la oportunidad de enmendar su error y se había negado a rectificarlo. Se había buscado su infortunio. Sus hombres debieron haber dejado las cosas así – sobre todo ahora que estaba muerto.

Pero ahí iban cabalgando, cientos de ellos, mercenarios a sueldo de ese Lord menor – todos empeñados en matar a Erec únicamente porque ese hombre les había pagado. Iban hacia él en su brillante armadura verde, y cuando se acercaron, soltaron un grito de guerra. Como si eso pudiera asustarlo.

Erec no tenía miedo. Había visto demasiadas batallas así. Si algo había aprendido en todos sus años de formación, era a nunca temer cuando luchaba del lado de los justos. Le habían enseñado que la justicia, no siempre  prevalecer— pero le daba a su portador la fuerza de diez hombres.

No era miedo lo que Erec sintió cuando vio a cientos de hombres acercándose, sabiendo que  probablemente moriría ese día. Era una expectativa. Le habían dado la oportunidad de morir en la forma más honorable, y eso era un regalo. Había hecho una promesa de gloria, y hoy, su promesa exigía el cumplimiento.

Erec sacó su espada y caminó hacia la ladera a pie, corriendo hacia el ejército mientras se dirigían hacia él. En este momento deseaba más que nunca tener a su fiel caballo, Warkfin, para acompañarlo en la batalla— pero tuvo una sensación de paz sabiendo que Warfkin llevaba a Alistair de regreso a Savaria, a la seguridad de la corte del Duque.

Mientras se acercaba a los soldados, a unos 15 metros de distancia, Erec tomó velocidad, corriendo hacia el caballero líder que estaba en el centro. Ellos no redujeron la velocidad, y tampoco él y se preparó para el enfrentamiento.

Erec sabía que tenía una ventaja: trescientos hombres no podían caber físicamente lo  suficientemente cerca para que todos atacaran a un hombre al mismo tiempo; él sabía de su entrenamiento que a lo sumo seis hombres a caballo podrían acercarse lo suficiente para atacar a un hombre a la vez. La manera en que Erec lo veía, eso significaba que sus posibilidades no eran trescientas en una – sino seis en una. Mientras pudiera acabar con los seis hombres delante de él en todo momento, tenía la oportunidad de ganar. Era sólo cuestión de si tenía la resistencia para lograrlo.

Mientras Erec bajaba por la colina, sacó de su cintura el arma que sabía que sería mejor: un mayal con una cadena de nueve metros de largo, en cuyo extremo había una bola con pinchos, de metal. Era un arma para poner una trampa en el camino – o para una situación justo como ésta.

Erec esperó hasta el último momento, hasta que el ejército no tuvo tiempo de reaccionar, luego giró el mayal por lo alto de la cabeza alta mayal y lo lanzó al otro lado del campo de batalla. Apuntó hacia un pequeño árbol, y la cadena con picos se extendió por el campo de batalla; mientras la pelota se envolvía alrededor de ella, Erec se enrolló y cayó al suelo, evitando las lanzas que estaban a punto de ser lanzadas hacia él, y sostuvo el mango con todas sus fuerzas.

Él lo tenía perfectamente calculado: no hubo tiempo para que el ejército reaccionara. Lo vieron en el último segundo y trataron de detener a sus caballos— pero iban demasiado rápido y no hubo tiempo.

Toda la línea del frente corrió hacia ella, la cadena con picos le cortó las patas a los caballos, haciendo que los jinetes cayeran de bruces hacia el suelo; los caballos cayeron encima de ellos. Docenas de ellos fueron aplastados en el caos.

Erec no tenía tiempo para estar orgulloso del daño que había hecho: otro flanco del ejército se dio vuelta y se dirigió hacia él con un grito de batalla, y Erec rodó a sus pies para enfrentarlos.

Mientras el caballero al mando levantaba una jabalina, Erec aprovechó la ventaja que tenía: él no tenía un caballo y no podía enfrentarse a esos hombres a su altura, pero ya que estaba abajo, le vendría bien hacer uso del suelo. Erec se lanzó al suelo repentinamente, enrollado, levantó su espada y cortó las patas del caballo del hombre. El caballo se desplomó y el soldado cayó de bruces antes de que tuviera oportunidad de soltar su arma.

Erec continuó rodando y logró evitar la estampida de las patas de los caballos alrededor de él, quienes tuvieron que separarse para evitar chocar con el caballo derribado. Muchos no lo lograron, tropezando con el animal muerto y docenas de caballos más se estrellaron en el suelo, levantando una nube de polvo y provocando un estancamiento entre el ejército.

Era exactamente lo que Erec había esperado: polvo y confusión, docenas más cayendo al suelo.

Erec se puso de pie de un salto, levantó su espada y bloqueó una espada que iba a caer sobre su cabeza. Se giró y bloqueó una jabalina, después una lanza, luego un hacha. Se defendió de los golpes que le llovían desde todos los ángulos, pero sabía que no podría aguantar así mucho tiempo. Tenía que atacar si quería tener alguna oportunidad.

Erec rodó, se arrodilló y lanzó su espada como si se tratara de una lanza. Voló por el aire y llegó hasta el pecho de su atacante más cercano; sus ojos se abrieron de par en par y cayó de su caballo hacia un lado, muerto.

Erec aprovechó la oportunidad para saltar sobre el caballo del hombre, arrebatando el mayal de sus manos antes de que muriera. Era un buen mayal y Erec le había elegido por esa razón; tenía un mango plateado largo y adornado y una cadena de un metro veinte centímetros, con tres bolas con pinchos en la punta. Erec retrocedió y le dio vueltas por  encima de la cabeza, golpeando las armas de las manos de varios oponentes a la vez; después volvió a darle vueltas y los derribó de sus caballos.

Erec observó el campo de batalla y vio que había hecho un daño considerable, derribando a casi un centenar de caballeros. Pero los otros, por lo menos doscientos de ellos, se estaban reagrupando y dirigiéndose hacia él— y estaban todos decididos.

Erec salió a enfrentarlos, era un hombre  contra doscientos y elevó un gran grito de batalla, subiendo su mayal todavía más alto y orando a Dios para mantener su fuerza.

*

Alistair lloraba mientras se sostenía de Warkfin con todas sus fuerzas; el caballo galopaba, llevándola por el conocido camino a Savaria. Ella había estado gritándole y pateando a la bestia todo el camino, tratando con todas sus fuerzas hacerlo dar la vuelta, para volver con Erec. Pero no le hizo caso. Ella nunca antes había encontrado un caballo como éste – obedecía inquebrantablemente al comando de su amo y no vacilaría. Claramente, tenía el objetivo de llevarla exactamente al lugar al que Erec le había ordenado – y ella finalmente se resignó al hecho de que no había nada que pudiera hacer al respecto.

Alistair tenía sentimientos encontrados mientras cabalgaba a través de las puertas de la ciudad; ciudad en la que había vivido mucho tiempo como esclava. Por un lado, estaba familiarizada con el lugar – pero por otro lado, le traía recuerdos del mesonero que la había tiranizado, de todo lo malo que había en ese lugar. Tanto había esperado para seguir adelante, para irse de ahí con Erec y empezar una nueva vida con él. Aunque se sentía segura al pasar sus puertas, también sentía una premonición creciente acerca de Erec, quien estaba ahí solo, enfrentando a ese ejército. Solo de pensarlo, sentía náuseas.

Al darse cuenta de que Warkfin no se daría la vuelta, sabía que lo mejor que podía hacer era buscar ayuda para Erec. Erec le había pedido que se quedara aquí, dentro de la seguridad de esas puertas— pero eso sería lo último que ella haría. Después de todo, era hija de un rey, y no era de las que huían por miedo ni por confrontación. Erec había encontrado a su media naranja en ella: era tan noble y tan decidida, como él. Y no se perdonaría a sí misma si algo malo le pasaba a él allá.

Conociendo bien esta ciudad real, Alistair dirigió a Warkfin al castillo del Duque , y ahora que estaban dentro de las puertas, el animal escuchó. Ella cabalgó a la entrada del castillo, desmontó y corrió más allá de los asistentes quienes trataron de detenerla. Ignoró sus intentos por atraparla y corrió por los pasillos de mármol del corredor  que conocía tan bien cuando fue sirvienta.

Alistair puso sus hombros en las grandes puertas reales hacia la sala de la cámara, las abrió y entró en la habitación privada del Duque.

Varios miembros del Consejo se volvieron para mirarla, todos vistiendo túnicas reales, el Duque estaba sentado en el centro, con varios caballeros a su alrededor. Todos tenían expresiones de asombro; ella había interrumpido claramente un asunto importante.

"¿Quién eres, mujer?", gritó uno.

"¿Quién se atreve a interrumpir los asuntos oficiales del Duque?", gritó otro.

"Reconozco a la mujer", dijo el Duque, poniéndose de pie.

"Yo también", dijo Brandt, a quien ella reconoció como amigo de Erec. "Es Alistair, ¿no?", preguntó él. "¿La nueva esposa de Erec?".

Ella corrió hacia él, llorando y lo tomó de lass manos.

"Por favor, mi señor, ayúdame. ¡Se trata de Erec!".

"¿Qué ha ocurrido?", preguntó el Duque, alarmado.

"Está en grave peligro. ¡En este momento se enfrenta a un ejército hostil él solo! No me dejó quedarme. ¡Por favor! ¡Necesita ayuda!".

Sin decir una palabra, todos los caballeros se pusieron de pie de un salto y comenzaron a correr desde el hall, ninguno de ellos vaciló; ella se volvió y corrió con ellos.

"¡Quédate aquí!", le exhortó Brandt.  "¡Nunca!", dijo ella, corriendo detrás de él.

"¡Yo los conduciré hacia él!".

Todos corrieron como al unísono por los pasillos saliendo por las puertas del castillo y hacia un nutrido grupo de caballos en espera, cada uno montando el suyo sin dudarlo un instante. Alistair saltó sobre Warkfin, lo pateó y fue al mando del grupo, como tantas ganas de irse, como el resto de ellos.

Mientras se dirigían hacia la corte del Duque, todos los soldados alrededor de ellos comenzaron a montar sus caballos y a unirse – y para cuando salieron de las puertas de Savaria,  iban acompañados por un contingente grande y creciente de por lo menos cien hombres; Alistair montando al frente, al lado de Brandt y del Duque.

"Si Erec averigua que viajas con nosotros, será mi cabeza", dijo Brandt, montando a su lado. "Por favor,  solamente dinos dónde está, mi lady".

Pero Alistair meneó la cabeza obstinadamente, limpiándose las lágrimas mientras cabalgaba con más fuerza, con un gran retumbo de todos esos hombres alrededor de ella.

"¡Prefiero ir a la tumba que abandonar a Erec!".

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